XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Segunda Lectura: 1Tes 2, 7b-9.13
Queríamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida ”. Las
Lecturas de hoy se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen
responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben
guiar al pueblo de Dios; y nosotros hoy tomaremos a san Pablo como modelo de
evangelizador, que entrega el evangelio y la vida. En san Pablo vemos cuál ha de
ser el trato que el Apóstol ha dado a aquéllos a quienes sirve. Más allá del servicio,
les habla de una ternura maternal y hasta de entregar la propia vida por ellos.
La EN 79 nos dice que “La obra de la evangelización supone, en el evangelizador,
un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Un modelo
de evangelizador como el Apóstol San Pablo escribía a los tesalonicenses estas
palabras que son todo un programa para nosotros: “Así, llevados de nuestro amor
por ustedes, queremos no sólo darles el Evangelio de Dios, sino aun nuestras
propias vidas: tan amados vinieron a sernos”.
La obra de la evangelización que san Pablo había llevado a cabo se apoya en el
hecho de que anunció las enseñanzas de Dios. Y no sólo las enseñanzas de Dios. El
estaba también dispuesto a entregar su misma vida movido por el amor que sentía
por aquéllos a los que había sido enviado.
El Evangelio es proclamado por medio de palabras vivas, de gestos de vida. Y
especialmente es proclamado mediante el testimonio de una donación total a Dios.
Compartir la misión de Cristo supone una actitud esponsal de correr su suerte
arriesgando todo por El. La participación en el apostolado de la Iglesia, en su misión
universal, nace del “amor esponsal por Cristo, que se convierte de modo casi
orgánico en amor por la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo
de Dios, por la Iglesia que es a la vez Esposa y Madre” (RD 15).
El Evangelio representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que
no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su
fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Por esto, merece que el apóstol le
dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre
supropia vida. Esta es la enseñanza y el ejemplo de san Pablo: “Queríamos
entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida”.
Sin embargo el Evangelio no agrada siempre a los hombres. No puede gustarles
siempre. Porque no puede ser falsificado con vanas lisonjas, ni se puede buscar en
él ninguna ventaja personal, ni tipo alguno de fama o celebridad. A los oyentes les
parecerá “palabras duras”, y quien lo anuncia y lo confiesa se convertirá en “signo
de contradicción”. Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho
una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que
viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: “Si fueran del mundo, el
mundo amaría lo suyo; pero porque no son del mundo, sino que yo los escogí del
mundo, por esto el mundo los aborrece” ( Jn 15, 19). Y también: “Sapan que me
aborreció a mí primero que a ustedes” (ib., 15, 18).
En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la
cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de
Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una
corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo:
“concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” ( 1
Jn 2, 16). Todo esto no viene “del Padre”.
Pero nosotros sabemos que el Evangelio que, se nos ha dado para vivirlo y
anunciarlo a los demás, es el Evangelio de la verdad. Una verdad que hace libres y
que es la única verdad que procura la paz del corazón; esto es lo que la gente va
buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la
verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo.
Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos,
lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los
herederos, los servidores.
Que la Virgen María nos enseñe a tener como único regla de vida el Evangelio, que
nos salva y nos libera de todo lo que puede oprimir nuestro ser en el tiempo y en la
eternidad.
Padre Félix Castro Morales
Fuente: http://parroquiadelasoledad.org/ (Con permiso a homiletica.org)