DOMINGO 3º DE PASCUA (B)
Lecturas: Hch 3,13-15.17-19; S.4; 1Jn 2,1-5; Lc
24,35-48
Homilía por el P. José R. Martínez Galdeano s.j.
Cristo resucitado
en los sacramentos
Este evangelio viene a ser en parte el duplicado de
Lucas de la primera aparición de Jesús en el Cenáculo,
que el domingo pasado leímos en el texto de Juan. Los
dos discípulos, con los que comienza, son los que iban a
Emaús. Se encuentran con la comunidad, que ya cree en
la resurrección porque “se ha aparecido a Simón” Pedro.
Pero a ellos no les creen.
Hechos como éste son frecuentes. Estamos
dispuestos a creer en milagros y experiencias de Dios tal
vez en el Papa y en grandes santos, pero nada más. Sin
embargo también a personas corrientes y aun a
pecadores y no creyentes Dios sigue saliendo al
encuentro. San Ignacio de Loyola, basado en la
experiencia, encuentra muy extraño que una persona
que, buscando conocer la voluntad de Dios, se retire del
mundo para hacer los ejercicios espirituales, no tenga
experiencias de Dios. Está seguro de que Dios le hablará
como a los dos de Emaús.
El grupo, que ya cree, representa a la Iglesia.
También Jerusalén simboliza a la Iglesia, que es la nueva
Jerusalén. Todas las apariciones, que los evangelios nos
narran, hablan de la Iglesia como lugar de encuentro con
Jesús resucitado. A Cleofás y su amigo la fe en Cristo
resucitado los ha reconducido a la comunidad, a la
Iglesia. Pero también los demás, aunque no lo han visto,
están allí porque han creído en el testimonio de Pedro, el
designado un día como piedra sobre la que Jesús
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edificaría su Iglesia y a quien dijo que tras sus previstas
negaciones reuniera a sus hermanos (v. Lc 22,32-34).
Así lo ha hecho. Lo vimos también en el caso de Tomás.
Hoy quiero insistir en los sacramentos dados por Cristo a
su Iglesia como lugar de su encuentro con nosotros.
Para vencer la falta de fe de algunos todavía,
Jesús come de los restos de la cena y les invita también
a hacerlo por lo menos a algunos. Es un claro signo, una
vez más, de que la Eucaristía es lugar apto, privilegiado
en verdad, para aumentar la fe y tener la experiencia de
Jesús resucitado. También lo fue en Emaús y lo será en
el Tiberíades tras la gran pesca.
Pero no sólo la Eucaristía. “Toda celebración
sacramental esdice el Catecismoun encuentro de los
hijos de Dios con su Padre en Cristo y en el Espíritu
Santo” (CEC 1153). “Celebrados dignamente en la fe, los
sacramentos confieren la gracia que significan (Conc.
Trento, DS 1605s). Son eficaces porque en ellos actúa
Cristo mismo; Él es quien bautiza, Él que actúa en sus
sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el
sacramento significa. Como el fuego transforma en sí
todo lo que toca. Así el Espíritu Santo transforma en vida
divina lo que se somete a su poder… Siempre que un
sacramento es celebrado conforme a la intención de la
Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y
por él (CEC 1127,1128).
En los sacramentos, que son signos de la gracia de
Cristo, son como imágenes de los misterios salvadores
de Jesús resucitado que irradia y hace presente y
operante la imagen de Cristo en quien lo recibe. Desde
Cristo y por medio del sacramento la imagen de la
humanidad de Cristo glorioso se proyecta como por
medio de un espejo o fotografía o pantalla televisiva y
transforma nuestra propia humanidad a imagen de la del
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Señor. “La luz de Cristo crucificado y glorificadodice un
gran teólogo ilumina el centro personal del hombre.
Quien recibe los sacramentos se sumerge de modo
misterioso en la gloria de Cristo del modo en que la luz
lo llena todo y hace que todas las hace que todas las
cosas participen de su luminosidad”. (v. M. Schmaus,
Teologia dogmática, 1963, V, 56).
Lo dicho nos estimula a todos a procurar activar la
fe cuando recibimos los sacramentos. Al sacramento de
la penitencia acudamos con el mayor dolor y propósito
de enmienda, debidamente preparados, con la actitud
del deportista espiritual, que no se detiene nunca ni
contenta con la perfección alcanzada, sino que con la luz
y el empuje del Espíritu trabaja siempre por amar más y
mejor en todas las cosas.
Dígase lo mismo de esta eucaristía de cada
domingo. Tiene una importancia especial. Es, enseña el
Concilio Vaticano II, “la fuente y el culmen de la vida de
la Iglesia”. Tiene una doble sacramentalidad: la del
sacrificio, con la doble consagración, símbolo
sacramental del sacrificio de Cristo en la cruz por
nuestros pecados y de su amor hasta la muerte, que nos
hace presentes a aquel momento único, fuente de
nuestra salvación; y la de la comunión del cuerpo de
Cristo, sacramento cargado también de realidades que
se acumulan en los símbolos del cordero pascual, de la
muerte liberadora del primogénito, del maná, del pan
que se multiplica para dar la vida a los hambrientos de
Dios, de la cena fundadora de la Iglesia, de la memoria
de su mandamiento de amor y de su oración por la
unidad.
Hemos de venir a la eucaristía de cada domingo
con la fe mayor que podamos. Somos la Iglesia
ofreciendo al Padre, estando presente con nosotros
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Cristo, nuestro Sumo Sacerdote. Con la fe más
encendida recordemos nuestra consagración bautismal al
entrar en la iglesia y santiguarnos con el agua bendita,
participemos con nuestras respuestas, cantos y gestos,
hagamos nuestras las oraciones que en nombre de todos
hace el sacerdote, escuchemos la palabra para que nos
siga iluminando y empujando, ofrezcamos con Cristo
nuestra cruz, con el amor de Cristo nuestro amor a él y a
los hermanos, comamos de un mismo pan y démonos la
paz. Participar así en la eucaristía renueva el corazón, la
Iglesia y el mundo entero.
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