Encuentros con la Palabra
Quinta semana de Cuaresma, Ciclo A

Autor: Padre Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

El motor inmóvil  

¡Qué fácil resultan las cosas cuando se quiere! Detrás de todo lo valioso e importante en esta vida, hay historias de amor que no conocemos. Normalmente, vemos los resultados y nos llenamos de admiración al reconocer la inmensidad de las obras de hombres y mujeres a lo largo y ancho de este mundo: Obras de arte, gestas revolucionarias, grandes construcciones, proyectos de desarrollo, acciones a favor de los demás... Detrás de todo ello había trabajando un motor inmóvil, un dinamismo creador, salvador y liberador que no se explica con palabras sino con obras; que no se contenta con los buenos deseos sino que pasa a las acciones; que no sólo opina sobre lo que debe cambiar, sino que transforma la realidad: ¡Este motor del mundo, que mueve sin ser movido, es el amor!  

Recordarán ustedes la historia que salió hace unos años en una de las páginas del calendario del Corazón de Jesús que hablaba de una niña que iba caminando por un sendero pedregoso llevando a cuestas a su hermanito. “Me quedé mirándola y le pregunté: ¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada? La niña volvió hacia mi sus ojos llenos de sorpresa y me respondió: No es una carga, señor, es mi hermanito".  

Por todas partes, en el texto en el que san Juan nos relata la resurrección de Lázaro, salta a la vista el cariño que Jesús sentía hacia esta familia de Betania: “tu amigo querido está enfermo”; “Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro”; “Jesús, al ver llorar a María (...) se conmovió profundamente y se estremeció”; “y Jesús lloró”; “los judíos dijeron entonces: ¡Miren cuánto lo quería!”.  

Sólo desde el amor se explica que el Señor Jesús haya querido ir a Judea donde hacía poco habían tratado de matarlo a pedradas. Sólo desde el amor pudieron los discípulos decir: “Vamos también nosotros, para morir con él”. Sólo desde el amor se explica ese bendito grito de Jesús ante la tumba de su amigo: “¡Lázaro, sal fuera!”  

Si nos dejamos mover por esa fuerza misteriosa del amor que bulle allí en nuestro interior, daremos vida a los cadáveres y seremos capaces, también hoy, de asumir nuestra misión para ‘morir con él’ o, por lo menos, echarnos al hombro a nuestro hermanito.