Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Ciclo B.

Mt 26,14-27,66: El Amor único tiene un Tú

Autor: Mons. Jesús Sanz Montes, ofm 

 

 

Jesús entra en Jerusalén y los cristianos en la Semana Santa, que es la gran semana en la que se concentra el supremo testimonio del drama de Jesús. Su vida pública de comenzó con la escena del Bautismo en el Jordán. Allí el Padre “presentó” a su Hijo a los hombres como el bienamado predilectamente (Lc 3,22).

Al final del camino de esa larga subida de Jesús a Jerusalén, otra vez esos tres protagonistas se reúnen: el Padre bienamante, el Hijo bienamado y la humanidad tan grande y tan mísera, tan favorecida y tan desagradecida a la vez. Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en Caná, otras llorando sus sufrimientos como en Betania; en ocasiones curando todo tipo de dolencias, o iluminando todo tipo de oscuridad o saciando todo tipo de hambres, y en otras airado contra los comerciantes en el templo y contra los fariseos en todas partes.

El Padre pronunciará por última vez su última Palabra , la de su Hijo, y con ella nos lo dirá todo y todo nos lo dará. El Hijo nos volverá a repetir que lo esencial es el amor con esa medida sin-medida que Él nos ha manifestado en su historia, el amor que ama hasta el final, haciéndonos con su propia entrega el mejor de sus comentarios y el más grande testimonio de que es capaz de pagar con su vida esa vida que nos vino a traer. Y el pueblo es como es, somos como somos. Ahí estamos nosotros. Unas veces gritando “hosanas” al Señor, y otras crucificándole de mil maneras, como hizo la muchedumbre judía hace dos mil años; unas veces cortaremos hasta la oreja del que ose tocar a nuestro Señor, y otras le ignoraremos hasta el perjuro en la fuga más cobarde, como hizo Pedro, el discípulo fogoso; unas veces le traicionaremos con un beso envenenado como hizo Judas, o con un aséptica tolerancia que necesita lavar la imborrable culpabilidad de sus manoscómplices de la tragedia, como hizo Pilato; unas veces seremos fieles rabiosamente, tristemente, haciéndonos solidarios de una causa perdida, como María Magdalena, otras lo seremos con la serenidad de una fe que cree y espera una palabra más allá de la muerte, como María la Madre.

Ese es nuestro drama, ahí nuestra historia. Como Clara de Asís decía a Inés de Praga, hay un “por ti” en toda esta historia: la pasión de Jesús ha sido “por ti”. Con la Iglesia, con todos los cristianos, nos disponemos a re-vivir y a no-olvidar, el memorial del amor con el que Jesús nos abrazó hasta hacernos nuevos, devolviéndonos la posibilidad de ser humanos y felices. 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca

5 abril 2009

Domingo de Ramos